jueves, 6 de enero de 2011

¿Si es, sólo, un sueño...? Pero, ¿y si no lo es?

Era una mañana cualquiera de una época no tan insignificante, era Navidad, y vivía el mejor momento de mi vida, la mayor felicidad que jamás había experimentado.
Me levanté, aunque con un poco de frío, con el más incesante grado de entusiasmo, ilusión y unas desmesuradas ganas de vivir. Caminé, lenta y pensativamente hacia la ventana, me apoyé en la pared y miré fuera. El panorama era de ensueño: la  fina y reluciente nieve poblaba cada recoveco, y paradójicamente, el Sol intentaba brillar entre las nubes; los niños, alegres, corrían y practicaban todo tipo de ocurrencias con el especial fenómeno invernal que se presentaba. Respiré hondo, sentí en mi interior la ilusión de las fechas, la alegría palpable, la felicidad. E intenté recordar lo que acababa de soñar, un lugar en el que nadie, absolutamente, era superior a ningún otro, donde el más pobre estaba en condición de ayudar al más rico, donde el más afortunado se desvive por escavar en el corazón del más desgraciado para sacar su fe y sus ganas de continuar, donde la guerra o la violencia solo se utilizan como pobres reclamos en películas o series televisivas, donde lo menos necesario es el dinero y lo más importante, es tan solo, la inmensidad de una sonrisa.
- Ostensiblemente, era un sueño; eso sólo puede verse en un mundo de fantasía. - Pensé.
Volví a centrarme en el entrañable paisaje que había fuera. Pero esta vez me fijé un poco mejor: apartado, como si mi ventana se tratase de un cuadro y él estuviese en una esquina, observé como un joven, solo y con aspecto desarreglado, caminaba dando pequeños pasos a un lado y a otro, pero no parecía esperar a nadie; vi algo brillar en su rostro, y cuando se volteó, descubrí que lloraba. Sentí un gran escalofrío, ¿cómo podía caber la tristeza, la soledad, entre tanta alegría y desparpajo?
Unos segundos después, cuando ya me disponía a bajar la cabeza y darme la vuelta, vi a dos chicas hablando y mirando al joven, que no se había dado cuenta de la situación. Una de ellas, se acercó y, tomándolo por la barbilla alzó su cara y se quedó mirándolo, sonriendo. Él, inevitablemente, sonrió. Se dijeron algo, y al instante, los tres caminaban rumbo al puente, como tres amigos que se conocieran desde la más tierna infancia.
Un lágrima descendió por mi mejilla, cuando... desperté, sobresaltado.
Miré hacia la ventana, la lluvia descendía por el cristal, no había casi luz, las nubes lo cubrían todo a pesar de estar ya bien entrada la mañana. Decidí, desganadamente, levantarme. Al acercarme al armario en busca de un abrigo que ponerme sobre el pijama, vi a mamá fuera, bajo la lluvia. Llevaba un paraguas, en la misma mano el correo, que ya había llegado, y en la otra no menos de tres bolsas. Tropezó. Instintivamente, corrí hacia la puerta de mi habitación, con la imagen de mi madre a punto de caer al suelo grabada en mi cerebro. Pero me detuve, y volví a mirar la entrada de la casa por la cristalera, al creer recordar ver a un hombre acercarse.
No creía estar lo suficiente cerca hasta tener la frente pegada al gélido cristal. Y si, allí estaba mi madre, tirada en el suelo, mojada, y con todo lo que había en las bolsas derramado a su alrededor. Y si, también se acercaba ese desconocido hacia ella, sentí miedo, y un poco de alivio. El hombre, cuarentón, recogió el paraguas para evitar que el agua siguiera cayendo sobre ambos, y levantó con cautela a mamá, que sonrió enrojecida. Luego se arrodilló y llenó, una por una, todas las bolsas. Acompañó a la que para él no era más que una mujer con poca suerte, hasta la entrada de casa, donde la dejó, y con una sonrisa y unos buenos días, dio media vuelta y corrió de nuevo hasta doblar la esquina.
Me sentí perdido, y numerosas cuestiones abordaron mi mente.
Entonces, ¿es posible que, en la cruda, dolorosa e inestimable realidad, alguien socorra a otro semejante sin esperar nada a cambio? ¿Es alguien capaz de, tan solo por la paz interior y por el bienestar de la otra persona, molestarse hasta tal punto?
Quizá... sea esto un sueño. Quizá siempre, todo lo que conocemos sea un sueño. ¡No! No quiero pensar así, entonces las maravillas que despreciamos a diario, serían tan irreales como las pesadillas que sufrimos casi con la misma frecuencia.
Por tanto, parece ser que, aún hoy, en medio de esta encrucijada en la que solitos nos hemos metido, hay al menos un ser que valora más la persona, la bondad, la solidaridad, el amor, el corazón, la vida; que el dinero, el prestigio, el orgullo u otros de los inexplicables inventos que hemos desarrollado para "mejorar" nuestra existencia.
Hay alguien en quién podemos confiar, a partir de quién podemos construir un mundo en el que lo que todos y cada uno de nosotros, en lo más adentro de nuestro ser, deseamos, sea un realidad. Felicidad.
                                                                                                                                          A.

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