lunes, 12 de septiembre de 2011

Introversión.

Por esas ocasiones en las que te quedas sin palabras,
por esos momentos en los que en tu interior gritas
y, sin embargo, nada puedes exteriorizar.
Mueres por decir todo lo que piensas.
Por colocar a cada uno en su lugar.
Por que esa persona escuche de una vez por todas la verdad.
Deseas sentirte libre dentro de ti mismo.
Al final, simplemente terminas explotando,
transformando ira, rabia, sueños, esperanzas e ilusiones
en nada más que lágrimas que se evaporarán.
                                                               A. 

domingo, 7 de agosto de 2011

Varios efectos del amor.

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde, animoso:
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo
satisfecho, ofendido, receloso:
huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño:
creer que el cielo en un infierno cabe;
dar la vida y el alma a un desengaño.
¡Esto es amor! Quien lo probó lo sabe.
 
Lope de Vega.

domingo, 17 de abril de 2011

Paseando por París.

Andando de forma automatizada, dando cada paso sin pensar, manteniendo la mente en otro lugar.
Así son mis amados atardeceres, aquellos en los que contemplo como el sol se duerme lentamente en el horizonte del Senna. 
Me siento en una plaza, y observo como la gente pasa sin darse cuenta de mi presencia, ni del hermoso paraje sobre el que caminan. Los bellos jardines repletos de flores, el escaso movimiento del agua del río, la figura alzada del emblema del amor. Vitalidad, felicidad, romanticismo... Todos parecen mantenerse ajenos a ello. 
La dulce París espera en su soledad, mientras humos de automóviles, consumismo desmesurado, y horas punta que parecen prolongarse durante todo el día, la destruyen con calma; como más duele. Aún con todo, me declaro enamorado. Embelesado de mi ciudad.
En medio de este feroz debate que se producía en mi interior, algo captó mi atención: un aroma. Un perfume especial. Si yo lo hubiera creado, sin duda, le hubiese puesto el nombre de "París". Definía la cuidad: amor, vida, soledad, tristeza, blanco y negro, color, dulce, amargo; era capaz de abarcarlo todo. Cuando pude abrir los ojos para ver quién había pasado a mi lado con tan maravilloso olor, el tiempo se paró. Recuerdo aquella postal, la recuerdo como si fuese lo único que queda en mi cerebro, como si fuera lo único para lo que había vivido: en el centro, la increíble Torre Eiffel, teñida de un matiz anaranjado por la puesta de Sol que se producía centímetros más al derecha del aquel tapiz que se había cimentado ante mis ojos, al otro lado de semejante construcción, que tanto significaba para mí, pude diferenciar los cabellos de una joven, morenos, obedeciendo al viento; una ligera corriente de aire condujo hacia donde yo estaba esa fragancia de nuevo. Se dibujó una sonrisa en mi rostro.
Aún pensado en el cuadro que había inventado, de una belleza que jamás había apreciado en ningún museo del mundo, di un paso al frente. Y cuando algo rozó mi mano, volví de repente a la realidad; pero lejos de ser brusco y doloroso, fue una sensación de cariño, ilusión y reencuentro que no había experimentado antes. No pude saber su nombre, tampoco su raza concreta. Pero supe que era ella.
Tomados de la mano, nos giramos instintivamente hacía el río; sonriendo. Y a le vez que una leve brisa ascendía desde lo más profundo de mi ciudad, trayendo consigo aquel inolvidable aroma. Nos besamos.

sábado, 12 de marzo de 2011

Desaparece tu soledad.


Es posible sentir la soledad, incluso,
comprimido entre miles de personas.
Pero también es factible sentirse
el ser más feliz y afortunado
teniendo a quién amas junto a ti.
O acaso, cuando cierras despacio
tus ojos, no sueñas con estar
ahí, en cualquier bello lugar, sentir
una íntima sonrisa, 
una cómplice mirada,
un sublime roce,
una tierna caricia,
un irreprimible abrazo,
un beso en la noche.
Y en ninguno de ellos sientes
la soledad; pero tampoco
estás dentro de un barullo
de miles de personas indiferentes.
Contigo está esa persona
                                                                                        que hace de la soledad
                                                                                        un mero recuerdo.
                                                                                                                                     A.

domingo, 6 de marzo de 2011

Memorias de mi banco.

Solo escucho el romper de las olas, el piar de unos pocos pájaros, casi puedo comunicarme con el silencio.
Abro los ojos. Allí sentado, con la única compañía que yo decidí tener, el último suspiro de mi vida. Tomo conciencia de qué, sino estaba totalmente dormido, perdí el hilo de mi pensamiento por un tiempo que no sabría definir. Veo una pequeña paloma, que se acerca a mí, pero a unos pocos metros, sale volando.
Me levanto, y camino a casa; con paso lento, desganado, como si no necesitara llegar a ningún lugar. Repito las palabras del doctor en mi cabeza una y otra vez: "no merece la pena seguir utilizando quimioterapia, no está produciendo ningún efecto; y podría causarle otro tipo de daños". ¿Qué tipo de daños podrían ser peores que estos? Ver ese día en que todo termine acercándose, unas veces corriendo, y otras andando, pero con la certeza de que hay un fecha, una hora, y que no está lejos.

Al día siguiente, vuelvo y me siento en el mismo banco de siempre. El mismo en el que me sentaba a comer un helado a la vuelta del colegio cuando era niño y el sol era abrasador. El mismo en el que besé por mi primera vez al amor de mi vida. El mismo en el que tantas y tantas veces he hablado durante horas con mi padre, durante días con mis amigos, y durante un tiempo incontable, conmigo mismo. Ahora era ese tiempo, estoy sentado aquí, solo, como elegí.
Contemplo como el sol, poco a poco, y sin descanso, va acercándose al horizonte. Pienso que, aunque termine cuando atraviese la línea que forma el bello océano, aún le resta un nuevo amanecer; descubro que mi corazón todavía alberga esperanza.
Cuando vuelvo la vista, veo que la paloma, la misma diminuta paloma que el día anterior, pasa a escasos pasos de mis pies, pero cuando me muevo ligeramente, alza el vuelo. Noto un lágrima escapar fugazmente de mis ojos, justo cuando el sol desaparece también.
Me levanto, y ando sin prisa, sin valor; de nuevo, con mi cama como destino.

Cuando un día después, yacía, con mi mejilla apoyada en el torso de mi mano, rompe a llover. Pienso en volver a casa, pero ya era inevitable acabar empapado. Me cubro como puedo, y miro el mar. Extraño el sol, que hoy se pondrá a tientas, a escondidas de todos, solo. Pero mañana, despertará con más fuerza que nunca, siempre resucita. A pesar de la lluvia, el inmenso mar parece calmado, abrazando cada gota que se acerca a él. Amaina, se disipan las nubes, pero el sol ya se ha marchado. Intento levantarme, con mis pesadas ropas completamente mojadas; y veo bajo el banco la paloma, que cuando me pongo en pie y hago un amago de arrodillarme a su lado, corre y se separa de mí, aunque no vuela. Pienso que ha tomado confianza conmigo, pero tiene miedo, no hace mal.
De camino a casa, todos me miran como un desamparado. Todos con la persona que han deseado a su lado, bajo el mismo paraguas, a pesar de saber que ya solo cae un leve sereno.

Otro día, otra tarde, mi eterno banco, mi única posesión fiel. Aunque no es completamente acertado, yo tomé la iniciativa de no decir a nadie que estaba enfermo, yo decidí alejar a quien me quedaba de mí. Yo elegí morir solo.
Sonrío amargamente, cuando, como predije, el sol de esa inolvidable tarde, pegaba sobre las rocas con un ansia especial. Mi cara casi vuelve a su melancolía habitual, pero se mantiene con el mismo semblante cuando veo a lo lejos mi pequeña amiga. Me acerco a la esquina del banco, y espero inmóvil. Recorren mi mente imágenes de estos últimos días, quizá fueran meses, o incluso, puede que hayan pasado algunos años. Veo además a mi padre, sonriendo conmigo en el banco, a mi madre alegre con tres helados entre los dedos; veo a mi primer amor sonreírme tiernamente, a mi mejor amiga abrazarme riendo. Abro los ojos y la paloma está sobre el banco. Salta, y se posa sobre mi rodilla. Con sumo cuidado, paso un dedo sobre te delicado cuerpo; se mueve, tuve la sensación de que quería tocarme también a mí. Miré al mar, el sol estaba a punto de ocultarse bajo el horizonte. Apoyo la cara en mi mano, la paloma salta y para mi sorpresa, se asienta en mi hombro.
Cierro los ojos, me duermo; aunque no estoy seguro de volver a despertar jamás.